Sublime Redentor

Soneto núm. 13

Señor, Señor, qué inmensa es Tu ternura!,
¡qué santa Tu apariencia, cuán divina!
Te dueles del que pisa aguda espina
y a Ti se vuelve y Tu favor procura.

Desde la cumbre de mayor altura
hasta la suave y lánguida colina,
Tu dulce compasión presto se inclina
y de toda aspereza haces llanura.

Jamás podrá ensalzar mi torpe labio
con grandiosa expresión Tu excelso nombre,
aunque yo fuese un santo o fuera un sabio.

Porque Tú eres Dios y hombre verdadero,
Jesús, sublime Redentor del hombre,
y en cuyo seno descansar espero.

Enero de 1943