Soneto núm. 27
Eso que digo a Yaya, la morena,
se lo digo a Chabela y otras niñas
más dulces que las uvas y las piñas,
más suaves que el aceite de verbena.
Escúchalo también, tú, tú, mi nena;
¿por qué un ojito, incrédula, me guiñas?
Es menester que tu conducta ciñas
a la Iglesia de Dios, la única buena.
Así quiero que aprenda a ser Eunice,
Guillermina y también Rosa María,
para que el mundo no las martirice.
Son mis nietas como otras todavía
que tengo y que mi pecho las bendice.
Si así fueran, contento moriría.
Enero 12 de 1943.









