Soneto núm. 26
Yaya, morena, que en mejores días
me miraste tan tierna y dulcemente,
y tanto así que en tu espaciosa frente
mis besos estampé; ¿lo olvidarías?
Si antes con mis caricias sonreías,
hoy me miras morir, indiferente…
¿Por qué, dime, morena, de repente
cambiaste, si un poquillo me querías?
Tú nunca lo dirás; pero no importa,
yo lo sé demasiado, no me extraña;
así son casi todas las mujeres…
Mi viejo corazón todo soporta;
pero escúchame, Yaya: lo que daña
es el mundo, la moda y los placeres.
Enero 12 de 1943.









