Soneto núm. 11
Virgen aparecida, Virgen santa,
con el poder que en derredor te asiste,
al humilde indio Juan, sereno y triste,
Tu voz le arroba y Tu visión le encanta.
Desde la punta de Tu regia planta,
hasta Tu augusta faz, que el sol reviste,
dime, dulce Morena, ¿quién resiste
a tanto amor y complacencia tanta?
Tienes Tu templo, ha mucho, donde quieres,
y esa fe y devoción que Tú le pides
al pueblo que aún se siente soberano.
Y pues que al fin nuestra esperanza Tú eres,
en las presentes y futuras lides
no faltará a Tus pies ni un mexicano.
Dbre. de 1942









