Soneto núm. 25
¡Cómo he pensado en ti (Dios bien lo sabe),
pobre y desventurada Josefina,
sabiendo que sin duda mala espina
se te clavó en un ojo…, cosa grave!
Para que pronto mi pendiente acabe
(si es que ya te hizo bien la medicina,
y así es también la voluntad divina),
vuelve a tu nido, como vuelve el ave.
Ya tú me viste soportar de mi ojo
la enfermedad que al fin me hizo perderlo
y que hoy es nada más triste despojo.
Que te acompaño aquí, puedes creerlo:
yo con mi úlcera, tú con un abrojo…
¡Bendito Dios, que así ha querido hacerlo!
Enero 12 de 1943.









