Soneto núm. 42
Es preciso pensar algo en los muertos;
pero pensar con calma y alegría.
En verdad, ¿qué placer no sentiría
contemplándolos vivos y despiertos?
Y así debe de ser, tras de los yertos
sepulcros, ha de haber sereno día
en que alegre y feliz la gente mía
discurra por jardines y por huertos.
¿Por qué, me digo, entristecerme entonces,
si me aguardan sonrientes a su lado,
como actores que están tras los esconces,
porque su hora en salir no se ha llegado?
Hay que mirar en lápidas y bronces
espíritus de amor acrisolado.
Enero de 1943.









