Soneto núm. 30
¡Hosanna!, dije en son de bienvenida,
cuando entrasteis aquí en mi amada tierra.
¡Hosanna!, sí, que esa palabra encierra
justa emoción, felicidad cumplida.
Y vuestra augusta mano a mí tendida
del corazón todo temor destierra,
que aunque estamos sumidos en la guerra
guerra ha sido y será la misma vida.
Mas vos, excelentísimo prelado,
nos dais en nuestra fe sólido escudo
que cubra nuestro pecho amenazado.
Yo os doy de gratitud, aunque muy rudo
(toda vez que no soy vate inspirado),
en estos versos mi filial saludo.
Enero, 1943









