Soneto núm. 22
Señor: cuánto anhelé ser sacerdote
e inmolarme contigo en los altares,
esperando obtener particulares
auxilios, y no ser un Iscariote.
Mas no supe obtenerlos, cruel azote
sobre mí descendió; miles de azares
me llevaron por tierras y por mares,
convertido más bien en un Quijote.
¡Qué triste decepción! Todos mis sueños
se embarbascaron sin remedio alguno
y resultaron vanos mis empeños
y mi heroico insistir salió importuno.
Hoy no quiero más días halagüeños
que el de volar a Ti… ¡nada más uno!
Enero 9 de 1943.









