La herencia

Soneto núm.56

No; no puedo dejar de recordarlos,
mi tío, don Manuel, y mi madrina,
también tía, sí, doña Secundina,
dueños del capital. Pude mirarlos,

a él, siempre de humor, como san Carlos,
con la chiquillería y chamusquina;
a ella, recreándose ladina,
curándose cien males sin nombrarlos.

Qué célebres los dos. En mi presencia
siempre hablaron muy bien de nuestra herencia,
pues que éramos forzosos herederos…

Él heredó a su esposa, tan cristiana;
ella heredó a los hijos de una hermana;
nosotros heredamos… puros ceros.

Enero, 1943