Soneto núm. 6
Junto a las ramas del pinzán enjuto,
mi modesto cuartito se levanta
y se entreteje como rara planta
con los renuevos de oloroso atuto.
Yo que rindo al vivir caro tributo
porque el ala de Dios, el ala santa
del dolor que las almas agiganta
me ha cubierto de lágrimas y luto.
Pasado el filo de la media noche,
despierto aún en mi tendida hamaca,
miro el disco lunar largo y sangriento.
Oigo el motor de desvelado coche,
el cansado bramido de una vaca
y el tardo paso de mi sufrimiento.
[sin fecha]









