Soneto núm. 9
Amortiguando mi dolor, Dios mío,
de crueldad no podré nunca quejarme.
En mi quieto rincón ya puedo estarme,
aunque lo juzguen lóbrego y sombrío.
Me diste de comer, calmaste el frío
que anoche le pluguiera atormentarme,
y aún has querido un lenitivo darme
por el doctor a quien mi mal confío.
¿Qué más puedo pedir, sino paciencia?
¿Qué más puedo pedir, sino que abones
a mis múltiples cuentas mi dolencia?
Y ¿qué debo esperar de tantos dones,
sino que al ir al fin a Tu presencia
como Padre amoroso me perdones?
Dbre. 26 de 1942









