El guardián*

Soneto núm. 2

Tras el recio latir de su aleteo,
lanza el gallo a los aires su algarada,
y aunque es muy alta aún la madrugada,
ya se apresta el juglar para el torneo.

Tranquilo está el lugar del salitreo,
y aun el triste jacal en la hondonada.
Allí ninguna fiesta es esperada,
si no es la del alegre tortilleo.

Dibújase en el nítido horizonte
el perfil de los árboles añejos,
mientras se escucha pertinaz ladrido.

Y ¿a quién cuida ese can, fiera del monte?
Al dueño de sus mimos y festejos,
al niño del gañán, que está dormido.

Dbre. 1942