Soneto núm. 48
Cómo cansa mi oído el cacareo
de gallinas que ponen en mi cuarto.
Si he de decir verdad, me tienen harto
con su desbarajuste y batuqueo.
Que a mí me gusta el rancho, ya lo creo.
Si alguna vez de la ciudad me aparto,
voy con placer, y con placer departo
con la gente de campo y laboreo.
Pero aquí me atormentan las gallinas
que hacen horrores en las cuatro esquinas,
y aun por encima de mi cuerpo enfermo.
Y hay que añadir la lúgubre quejumbre
de pichones, ¡que echara yo a la lumbre!
¡Ya ni con yerbas de botica duermo!
Enero de 1943.









