¡Ven!

Soneto núm.52

Amor, ven a llenar con tu fluido
misterioso, magnético, celeste,
este cadáver antes de que apeste:
mi corazón, tan fieramente herido.

Trae nuevas canciones a mi oído,
nueva sangre a mi ser, y que se apreste
a respirar el cefirillo agreste
del valle ameno y del jardín florido.

Trae sol, trae luz, vida y encanto
al que pudo expresarte con su llanto,
que es el lenguaje juvenil más pulcro.

Ven, amor, dulce amor, ¿por qué me olvidas?
¡No te enfades de mí; no te despidas!
¡Ven y planta un ciprés en mi sepulcro!

Enero, 1943.