Soneto núm.50
¡Cuánto me puede, que me martiriza,
la vida de tus hijas y la tuya…!
Yo, sin que nada en mi favor arguya,
no las olvido en mi oración, y en misa.
Un milagro de Dios me tranquiliza,
o de la Madre Portentosa Suya,
que espero venga pronto, y que destruya
la hoguera donde el mundo las atiza.
El mal es que no puedo dar contigo.
El mal es que no puedas escribirme;
que estés muerta, o tal vez en agonía.
Mas, a pesar de todo, las bendigo
y habré de bendecir hasta morirme;
¡y qué poco me falta, hijita mía!
Enero de 1943..









