Soneto núm. 8
—¿Adónde vas, Señor? ¿Qué te apresura
que vas tan triste, solo y sin calzado,
en tus divinas manos el cayado
y tu manto ceñido a tu criatura?
—¿Qué adónde voy? ¿No sabes, por ventura,
las veces que a tus puertas he llamado,
recorriendo ya el monte, ya el collado,
con tanta voluntad como amargura?
Voy a buscarte en tu palacio de oro
en donde por capricho vives preso,
entre el rico festín y el jazz sonoro.
Voy a rogarte, en fin, hasta el exceso,
que cambies tu oropel por mi tesoro,
o me des, como Judas, otro beso.
Dbre. 24 de 1942









